viernes, 17 de mayo de 2013

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Biomasa – fuente de energía ecológica de potencial limitado


Biomasa – fuente de energía ecológica de potencial limitado

Restos vegetales, madera y plantas energéticas integran la biomasa y son fuentes de energía ecológicas. Pero su disponibilidad es limitada. ¿Cuál es su verdadero potencial para la generación de energía?
Un agricultor indio pesa los restos de su cosecha, que posteriormente serán aprovechados para producir bioenergía.
En el estado federado de Uttarakhand, en el norte de la India, los combustibles ecológicos se pueden encontrar prácticamente al pie de la calle: es el caso de la pinocha, la aguja del pino. El clima es suave, ni demasiado cálido ni excesivamente frío. Condiciones óptimas, pues, para los pinos. Una vez al año, los árboles pierden las agujas, que acaban cubriendo el suelo. Una vez secas, se convierten en un material ideal para fabricar briquetas que utilizar posteriormente como combustible.
El aprovechamiento de la biomasa ofrece una posibilidad de generar energía de forma respetuosa con el medio ambiente: disminuye el consumo de combustibles fósiles, como el carbón, y se reducen las emisiones de gases contaminantes.
Biomasa – residuo que esconde un gran potencial
La colza es una planta energética muy utilizada que se disputa las áreas cultivables en competencia con los cereales.
La biomasa abarca no sólo plantas energéticas como la colza y el maíz, sino también la madera, el follaje o la paja. También residuos orgánicos, como restos vegetales procedentes de la agricultura o desechos de cocina, utilizados para la generación de energía en plantas incineradoras de basura.
En el proceso de producción de energía, la biomasa mantiene un comportamiento neutral desde el punto de vista de las emisiones de CO2. Y es que, durante la quema, se libera la misma cantidad de dióxido de carbono que las plantas ya han captado con anterioridad durante su fase de crecimiento. Un principio aplicable también en el caso de la aguja de los pinos de la India: su quema libera tan sólo el CO2 que los pinos han absorbido previamente del suelo y del aire. O sea, que es indiferente que la pinocha sea quemada o se descomponga de forma natural: las emisiones de dióxido de carbono serán idénticas de una u otra manera. No se puede decir lo mismo del petróleo y el carbón. Se trata de combustibles fósiles que han almacenado carbono bajo tierra durante millones de años. Su combustión libera CO2 que altera el ciclo natural del carbono. Algo perjudicial para el medio ambiente. Otra ventaja adicional de la biomasa reside en el hecho de que se trata de una materia prima renovable. Se encuentra disponible como fuente de energía en intervalos de tiempo regulares: durante el tiempo de la cosecha.
Potencial limitado
Numerosos expertos, sin embargo, señalan que la biomasa dispone de un potencial limitado en lo que respecta a la generación de energía. Es el caso de la ingeniera Daniela Thrän, quien asegura que la energía procedente de la biomasa tan sólo cubre entre un 10 y un 15 por ciento de la demanda mundial. Thrän dirige el área de investigación de sistemas de bioenergía del Centro Alemán de Investigación sobre Biomasa, con sede en Leipzig, y es portavoz del departamento de bioenergía del Centro Helmholtz de Investigación sobre Medio Ambiente. Thrän observa un gran potencial en lo que respecta a la biomasa en Europa Oriental, Sudamérica, Australia y, parcialmente, también en América del Norte. Áreas que disponen de superficie suficiente y zonas con un número de habitantes relativamente escaso. Es decir, el cultivo de plantas energéticas para la producción de biomasa y el cultivo de alimentos no compiten por superficies agrícolas limitadas.
En cambio, regiones densamente pobladas como el sureste asiático, disponen, según Thrän, de un escaso potencial en lo que a biomasa se refiere. El caso de África es diferente. Aunque el continente no se encuentre densamente poblado y disponga de numerosas superficies cultivables susceptibles de destinarse a la generación de biomasa, la producción agrícola sigue siendo demasiado débil y sin perspectivas de mejorar. Es por ello que, según Thrän, no es de esperar que África desarrolle en los próximos veinte años un potencial en materia de biomasa que no suponga competencia para la producción de alimentos.
Los conflictos que alberga esta cuestión se pusieron de manifiesto en Alemania en el año 2007, a raíz del debate "Tank versus Teller" ("depósito frente a plato"). Por aquel entonces, la creciente demanda global de plantas energéticas impulsó rápidamente al alza el precio del trigo, el maíz y el arroz. Los alimentos se encarecieron también en los países pobres, lo que desencadenó un debate en la opinión pública: ¿tiene sentido transformar cereales comestibles en biocombustibles para llenar los depósitos de los automóviles?

El uso de biomasa como combustible facilita la vida a los trabajadores de esta fábrica de ladrillos en el norte de la India. Las briquetas son más limpias que el carbón y pesan menos.

Almacén de energía fácilmente disponible
Una ventaja especial de la biomasa es, en opinión de Thrän, la capacidad de almacenar energía, lo que conlleva que dicha energía se encuentre constantemente disponible, a diferencia de la energía solar o la eólica. "El futuro de la bioenergía pasa por su capacidad de complementarse con la energía procedente del viento o del sol", afirma Thrän. "Si el viento no sopla, siempre podemos compensarlo a través de la bioenergía". Además, la biomasa puede suplir en el futuro a aquellos combustibles fósiles que las energías renovables no pueden sustituir: entre ellos, el primer lugar lo ocupa el queroseno.
Residuos como fuente de energía "verde"
El ejemplo más conocido de biomasa: la madera y sus restos convertidos en briquetas para la generación de energía.
La biomasa, además, dispone de potenciales aún no aprovechados en otras áreas, como asegura Bernd Bilitewski, director del Instituto de Gestión de Residuos y Vertederos de la Universidad Técnica de Dresde. En Alemania, por ejemplo, se eliminan cada año doce millones de toneladas de desechos orgánicos, gran parte de ellos sin aprovechar, pese a que se trata de residuos adecuados para la generación de bioenergía. "Hay que forzar el aprovechamiento de esos desechos antes de comenzar a cultivar productos que supongan una competencia para la producción de alimentos", explica Bilitewski. Además, existen superficies agrícolas que no pueden destinarse a la producción de alimentos, pero que sí son adecuadas para el cultivo de plantas energéticas. Por ejemplo, explotaciones mineras abandonadas o áreas industriales contaminadas.
En la actualidad, en Alemania no hay prácticamente ninguna planta incineradora de residuos que no utilice de alguna manera la energía generada. Sin embargo, según Bilitewski, esta fuente de bioenergía aún puede emplearse de forma significativamente más eficiente. En su opinión, el temor a que la incineración de residuos libere gases venenosos a la atmósfera no está justificado. Las normas y controles son demasiado estrictos y la tecnología se encuentra en una fase muy avanzada. El sector de la gestión de residuos en Alemania figura incluso entre los mayores reductores de emisiones de CO2. Alrededor de una quinta parte del total de reducción de emisiones de dióxido de carbono comprometida por Alemania hasta 2012 en virtud del Protocolo de Kyoto.
Autor: Martin Schrader

Redacción: Emili Vinagre

Comenzó la guerra contra la bolsa plástica


En promedio suele ser útil 25 minutos, pero tiene una larga vida de 500 años. Y cuando llega al mar ocasiona grandes problemas. Los expertos exigen acabar de una vez por todas con su gratuidad.
En la playa muchos bañistas conocen la sensación: una cosa pegajosa se adhiere de pronto al pie. Y no es un pez. Es un jirón de bolsa plástica. Los expertos calculan que en este momento hay entre 100 y 150 millones de bolsas en los océanos. Y la tendencia va al alza: 6,5 millones de toneladas de plástico se suman cada año. Las corrientes se encargan de distribuirlas por los siete mares.


Plástico, plástico, plástico...Plástico, plástico, plástico...
En una conferencia sobre la protección marítima en Berlín, unos 200 especialistas discutieron en torno a cómo atacar el problema. El viernes 12 de abril, la Liga por el Medio Ambiente y la Protección de la Naturaleza (BUND) entregó al ministro alemán de Medio Ambiente, Peter Altmaier, un manifiesto firmado por organizaciones medioambientalistas europeas.

Morir de hambre con plástico en el estómago

Pero, ¿cómo llegan las bolsas, las botellas y los envases al mar abierto? Cerca del 80 por ciento de estos residuos llega por tierra: depósitos de basura a cielo abierto como los hay en Inglaterra y en Holanda ocasionan que los desechos sean soplados por el viento, lleguen a los ríos y, finalmente, al mar. Según cuenta a DW Nadja Ziebarth, especialista de BUND para la protección de los mares, la industria pesquera ocasiona también buena parte de la basura que está en los océanos: las redes que ya no sirven, por ejemplo, son tiradas al mar. Especialmente problemáticas son las diminutas bolitas de plástico presentes en los productos de peeling y en los geles de ducha. Su ínfimo tamaño impide que los filtros las detecten.


Nadja Ziebarth, de la Asociación para el Medioambiente y Protección de la Naturaleza (BUND).Nadja Ziebarth, de la Asociación para el Medioambiente y Protección de la Naturaleza (BUND).
Dramáticas son las consecuencias de esto para los habitantes marinos. “Los animales no ven la basura en el agua, se enredan en ella, se hieren y acaban muriendo”, explica Ziebarth. Además, el plástico convertido ya en pequeñas partículas es ingerido por los peces: “no pueden digerirlas y en el peor de los casos, mueren de hambre teniendo el estómago lleno de plástico”.

Pero no sólo a la vida de los habitantes marinos afecta este tipo de desechos: a través de los peces llegan a los platos de los seres humanos los tóxicos del plástico. “Estos son omnipresentes en toda la cadena alimenticia marina”, afirma Kim Detloff, de la Asociación por la Naturaleza (NABU).

Aprender de Ruanda

¿Utilizar una cesta en vez de la bolsa plástica es la solución a futuro? Sí, precisamente es lo que sugieren las organizaciones ecologistas. Las tiendas, los almacenes de ropa y las farmacias deben dejar de darla gratuitamente. El Partido Verde alemán propone un precio de 22 céntimos por cada una. Como fuere, lo que para Alemania suena todavía a devaneos futuristas, en muchos países del planeta ya es una realidad. Allí donde los sistemas de reciclaje aún no están desarrollados, el problema se ha atacado en la raíz: gravando la bolsa plástica de manera considerable o evitándola completamente.

El resultado: su consumo en países como Irlanda –en donde el cliente tiene que comprar cada bolsa por su cuenta– se ha reducido en un 90 por ciento y asciende ahora a 18 bolsas por persona anualmente. Como comparación: cada alemán utiliza al año un promedio de 71 bolsas y un búlgaro, 421. El promedio europeo es de 198 bolsas por persona y año.


 Kai Falk, de la Asociación Alemana de Comercio (HDE).Kai Falk, de la Asociación Alemana de Comercio (HDE).
En países como Kenia y Uganda, las bolsas plásticas están prohibidas; y aunque sí existen bolsas de plástico más grueso, su precio es muy alto. En Ruanda y Tanzania hace siete años desaparecieron del mercado, algo similar sucedió en Bangladesh y Bután. “Es interesante constatar que Europa puede aprender de los países en desarrollo”, subraya Detloff.

¿Obstáculo para el comercio?

Con todo, esto no es suficiente para las organizaciones medioambientalistas. “Tenemos que reducir nuestro consumo de plástico. Y esto empieza con los productos de diseño. Es necesario que utilicemos menos envases desechables y más reutilizables, que los productos puedan ser reparados para poder reducir el material de empaque”, exige Detloff. La industria del reciclaje y del tratamiento de residuos también admite mejoras.

Por su parte, la Asociación Alemana de Comercio (HDE) ve con ojos muy críticos estas propuestas: aumentar de precio las bolsas plásticas no ataca el problema. Según Kai Falk, responsable de la sostenibilidad en la HDE, “esto significaría un costo adicional de 1.200 millones de euros en Alemania, en donde se consumen 5.300 millones de bolsas al año. El costo lo tendrían que pagar o los consumidores o las empresas. Y que eso reduzca el consumo de bolsas, lo ponemos en duda”.

Piense lo que piense el comercio, las organizaciones medioambientalistas exigen en el manifiesto “Un mar sin plástico” que el Gobierno federal tome medidas para reducir en un 50% la presencia del plástico en el mar hasta el año 2020.

Autoras: Stephanie Höpner / Mirra Banchón
Editor: Diego Zúñiga

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